Tiempo de poda para volver a brotar.
El otoño nos enseña a soltar, a «dejar ir»
«No podemos recibir lo nuevo si no le dejamos espacio». Por eso se podan los árboles, señala el sacerdote Juan Eduardo Fuenzalida sj, en una reflexión que habla de renovación de cambio. «Hay que cortar, no necesariamente porque esté malo o enfermo, sino porque ya dio la vida que tenía para dar. Y para dar nueva vida, hay que soltar, hay cosas que tienen que caer». En este año ignaciano nos podemos pregunta dónde está nuestro otoño, lo que es necesario dejar caer o podar….
Muchos territorios de Abya Yala («tierra en plena madurez») estamos transitando el otoño. Como cada estación, este es un momento del ciclo de la naturaleza que se nos regala para dejarnos enseñar por lo que ahí sucede y nos sucede. Estas líneas que comparto nacen de ideas y vivencias personales en este territorio donde vivo: Tirúa, territorio mapuche al sur de Chile.
Muchas veces la vida cotidiana nos hace perder la perspectiva de interrelación y nos hace sentirnos en el centro, creyendo además que somos independientes de lo que pasa a nuestro alrededor. Sin embargo, lo que ocurre en el planeta tiene un impacto en lo que ocurre en el cuerpo y en el espíritu de los vivientes.
El 21 de marzo comenzamos un tiempo especial, que en el hemisferio sur llamamos otoño. Los días ya no son tan largos, y pasamos a tener la misma cantidad de horas de luz que de oscuridad. Poco a poco vamos sintiendo la disminución de temperatura. Podemos enfrentar estos cambios con resistencia, intentando mantener el mismo ritmo de vida que en el verano, o bien podemos acoger con más ternura la llegada de las noches más largas.
Para las familias del campo el otoño es un tiempo de recolección y guarda, y de preparación para el invierno. Recolección y conservación de alimentos de distintos modos: preparación de dulces y conservas (mora, membrillo, mutillas, duraznos, tomates, albahaca, y tantos otros), también es tiempo de hacer encurtidos y fermentados. Los granos y legumbres (porotos de distintos colores y sabores, lentejas, kinwa, amaranto, linaza, etc), así como las semillas para la próxima temporada, se guardan en lugares secos y protegidos de ratones. Se guardan los zapallos para esas preparaciones de invierno que llenan de “calor de hogar” y energía para esos días de frío. Es tiempo también de aprovisionarse de la leña para el año.
En la huerta aprovechan de crecer, en estos últimos meses en que el sol lo permite, aquellas plantas que sembramos en enero (repollos, puerros, zanahorias, betarragas). En poco tiempo más dejarán de crecer porque hay poco sol y las temperaturas se reducen.
Tiempo de recolección, de guarda, de preparación… tiempo en que la casa y el cuerpo, junto con el resto de la naturaleza, se preparan para el invierno.
Así como lo hacemos con los frutos, lo podemos hacer con la vida. El otoño es un tiempo para atesorar los frutos, la vida, todo lo desplegado durante el verano… cuando se vivía tanto afuera de casa que casi no teníamos tiempo para nosotros. Otoño es tiempo para celebrar, para gozar a la distancia lo vivido; tiempo para recordar la vida entregada, para celebrarlo y agradecerlo. Se elige lo mejor para que sean semillas de nueva vida, lo seleccionado se atesora. Se guardan los frutos, para que nos alimenten en tiempos de frío. Alargamos el disfrute de esos sabores para el tiempo en que parece que nada hubiera.
El otoño también es un tiempo en que los hongos estallan. Es un tiempo que se llena de callampas, changles, gargales y loyos. Los hongos tienen la sagrada función de reciclar, de hacer circular la vida. Descomponen los restos de ramas y palos, y así disponibilizan esos nutrientes para dar nueva vida. Otros hongos actúan por debajo, las micorrizas, llevando nutrientes de un lugar a otro. El otoño es una estación llena de vida que nos invita a dejar caer, y a volver a disponibilizar el tiempo, el cuerpo, la vida… Es tiempo de reciclajes.
La clásica imagen del otoño es la de los árboles quedando desnudos. Se les caen las hojas, tiñendo el suelo de amarillo y café. Las plantas parecen dormir. La mayoría de ellas. La mayoría de los frutales van perdiendo sus hojas. Es tiempo de hacer trasplantes. De cambiar de lugar las plantas que necesitamos en otro lugar. Es tiempo de podar, de cortar lo viejo, lo que ya dio. De cortar ahora cuando no dañan tanto a la planta.
Nos podemos preguntar así dónde está nuestro otoño, lo que se cae, lo que es necesario dejar caer o podar…. En cada uno de nosotros, pero también en nuestras comunidades. No necesariamente porque esté malo o enfermo, sino porque ya dio la vida que tenía para dar. Y para dar nueva vida, hay que soltar, hay cosas que tienen que caer. No podemos acaparar y acumular, sin dejar partir. No podemos recibir lo nuevo si no le dejamos espacio. Cuesta podar, cuesta dejar caer, dejar partir… pero es necesario. El otoño nos enseña a estar desnudos, como los árboles.
P. Juan Fuenzalida, SJ
Responsable de la presencia jesuita
en Tirúa, territorio mapuche en Chile
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[1] Término indígena con que se denomina al continente americano en su totalidad (significa «tierra en plena madurez»). Nota CPAL.
Imagen e información de la Red de Solidaridad y Apostolado Indígena – RSAI